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Primavera árabe versión 2019: Segundas partes nunca fueron buenas

Cuando todavía están abiertas las heridas generadas por la primavera árabe de 2011, con el desastre de la guerra civil en Siria, la situación de conflicto en Libia, el nuevo régimen militarista en Egipto y la delicada situación el Túnez, se abre una nueva ola de protestas en nuevos países de la región con repercusiones imprevisibles para estos países, los países antes mencionados y toda la región en general.

Sudan, El nuevo epicentro de las protestas

Si en 2011 Sudán pudo eludir las protestas ciudadanas, en 2019 es el país donde la estabilidad esta siento más cuestionada. El país es uno de los más pobres y con la mayor historia de represión y violencia en la región. La guerra civil que sufrió el país (1983-2005) ha sido una de las cruentas de la segunda mitad del siglo XX, generando más de 500.000 muertos. Además, el conflicto en Darfur, en su región oeste, fue categorizado como el primer genocidio del siglo XXI, causando más de 400.000 muertes en su primera fase (2003) y con nuevos enfrentamientos en los últimos años que hacen todavía difícil llegar a una resolución total del conflicto.

Este conflicto de Darfur ha sido la causa de que la Corte Penal Internacional (CPI), a través de un mandato del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, haya emitido una orden de detención internacional contra el presidente de sudan, Omar al-Bashir, por crímenes de Genocidio y de lesa humanidad. Esta orden de arresto ha supuesto un terremoto jurídico internacional ya que Sudan no es miembro firmante del tratado de Roma (y por tanto no es miembro de la Corte Penal Internacional). Debido a esto, hasta 33 países (entre los que se encuentran algunos miembros de la CPI como Suráfrica y Kenia) se han negado a arrestar a al-Bashir en sus visitas a sus países.

Pero la estabilidad de la que gozaba al-Bashir en su país ha saltado por los aires desde que, a finales de 2018, el gobierno redujera drásticamente los subsidios a la gasolina, el gas y el pan.  Desde entonces, las manifestaciones en contra del gobierno han aumentado del mismo modo que la represión por intentar eliminarlas, causando hasta la fecha más de 51 muertes por las intervenciones de los cuerpos de seguridad.

En su último intento por aplacar las protestas, el presidente de Sudan declaró el pasado 22 de febrero el estado de excepción, suspendiendo la constitución, disolviendo el gobierno federal y regional y nombrando a su jefe se seguridad militar como responsable y cabeza de las 18 regiones estatales que conforman el país.

La única “concesión” que el presidente ha dado es prometer que no se presentará a la reelección en 2020, aunque esta promesa ya fue hecha y rota en 2015 ante unas protestas similares. Todas estas medidas avanzan una nueva ola de represión militar que, con la constitución suspendida, puede llevar a cabo detenciones arbitrarias en incautar propiedad privada ningún tipo de control judicial.

Todo esto no solo amenaza la seguridad del país, sino que lo pone en riesgo de guerra civil y de desestabilizar completamente una región ya de por sí bastante inestable: Sudan del Sur está intentando implementar un acuerdo de paz que termine con su guerra civil, Chad ha sufrido un golpe de estado que ha sido rechazado gracias a la intervención del ejército francés, Egipto ha entrado en una nueva etapa de represión liderada por Abdel Fattah al-Sisi, que es mucho peor que la que lideró en su momento el presidente Hosni Mubarak, Libia está fragmentada en regiones dominadas por señores de la guerra y la República Centroafricana es prácticamente un estado fallido.

Argelia, el gigante dormido

Llama la atención las pocas noticias que llegan a Europa desde Argelia pese a ser uno de los vecinos de áfrica más cercanos a España. El país, que fue parte de Francia como un departamento más de ese país, consiguió su independencia en 1962 tras una cruenta guerra con su metrópoli a la que siguió una guerra civil (1991-2002) que costó la vida a entre 150.000 y 200.000 personas.

Desde entonces el país, que tiene 41 millones de habitantes (con un 45% de población por debajo de los 24 años), ha vivido una cierta estabilidad con una economía estatal proteccionista basada en los hidrocarburos y con grandes subsidios a la población.

A la cabeza de este gobierno ha estado Abdelaziz Bouteflika desde 1999. El presidente, a pesar de mantener la estabilidad en país, se encuentra enfermo y no ha sido capaz de aparecer en público desde hace 6 años. A pesar de esto, Bouteflika ha manifestado su deseo de presentarse a un nuevo mandato, lo que ha generado un movimiento de rechazo con grandes manifestaciones que no se habían visto en el país desde el siglo pasado.

De momento las manifestaciones son pacíficas, y el ejercito no está interviniendo, aunque hay un riesgo real de que se reproduzcan los eventos sucedidos en Egipto, y que el ejercito fuerce una salida del actual presidente y ocupe el vacío de poder resultante. Si esto sucede, la desestabilización del país se sumaria a la ya existente en Túnez, Libia y Egipto, y podría llegar a alcanzar incluso a Marruecos.

Como vemos, todas estas son situaciones muy frágiles en un entorno, el del norte de áfrica y el Sahel, muy inestable. Una nueva serie de eventos en esta región, como la acaecida en la llamada primavera árabe de 2011, puede generar una crisis humanitaria sin precedentes, y aumentar el flujo de inmigrantes que quieran escapar y llegar a Europa. Esto podría de dejar a toda la región en manos de regímenes militares y grupos paramilitares, con un mediterráneo que puede convertirse en la mayor tumba del mundo y con una Unión Europea fragmentada y con demasiados gobiernos con claras políticas antiinmigración y políticas xenófobas.

Demasiados riesgos y demasiada inestabilidad para una región que ya se encuentra al límite de su capacidad en un mundo cada vez más aislacionista.

 

Ricardo Diez

 

Fotografía de portada: Tahrir, por: Gigi Ibrahim

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